NOCHE DE FIESTA, PAZ Y AMOR
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Hay
momentos en los que uno debe volver a la cita con las congelaciones en las
orejas, que es la niñez. Y no hay mejor fecha que el 24 de Diciembre, el día de
Nochebuena. Un buen momento para vernos, a nosotros mismos, como el proyecto
que éramos cuando calzábamos zapatos con agujeros en las suelas, zapatos
grandes (por falta de dinerito) y calcetines con roturas así de grandes; cuando
el pantalón era corto, los codos, un remiendo superpuesto y el puño del suéter
una especie de masa acristalada de tanto usarla como moquero.
Cuando
la escuela, además de cazar lagartijas y gorrincíos, era el único trabajo
obligatorio que teníamos. Uno quería ser periodista (Locutor de radio), otro,
comerciante, el de más allá, un policía. O quizá no queríamos ser nada, porque
los días eran tan largos que pensábamos que siempre sería todo así: frío en invierno
y finales de año, huertas y en el campo los veranos, sudor de camiseta de pelo
en los otoños y escenarios con frases a Mamá el mes de mayo por primavera.
Uno
era, sin saberlo, el ser indefenso que está condenado a crecer, cuando la
felicidad era poder comprar un quetzalito de garbanzos tostados o un helado,
una paleta. La niñez, que es la Nochebuena, debe ser ese estado en el que el
hombre no tenga ni delito imperdonable porque no es consciente de la maldad. Un
ser iluso que cree en todo y, por la noche, necesitaba de las caricias de la mamá,
que era la que le protegía del mundo y le devolvía a la placidez de la
placenta. Luego vino la edad. Y sus felicidades grandes, aunque aceleradas o sea
a corto plazo. Y el descubrimiento de la existencia de los otros, de los
contrastes de pareceres, de las perspectivas de la vida y del darnos cuenta de
que no hay una única verdad. Por ejemplo, la de nuestros gobernantes.
